martes, 27 de abril de 2010

EL SEÑORITO GERARDO.

Fuente: libro de visitas de cadiar-alpujarra.com
 


Ahora que está tan de actualidad en la Alpujarra la figura del escritor hispanista de origen británico Gerald Brenan (como consecuencia de la iniciativa del Ayuntamiento de Alpujarra de la Sierra de recuperar e impulsar la rehabilitación de la antigua pensión donde se hospedo el escritor en su periplo por la Alpujarra con el fin de realizar un museo o centro de estudios en dicho lugar), quizá sea el momento de acercarnos de la mano de nuestro paisano Paco Alcázar a la figura de tan insigne visitante.. Para ello reproduciremos un artículo publicado en la "Revista de la Casa de Cádiar, Yátor y Narila" en su edición nº 26.

Nota por lo extenso del artículo lo publicaremos en dos entregas.

"EL SEÑORITO GERARDO". 1ª PARTE

El nombre de Gerald Brenan es muy popular en La Alpujarra. Prácticamente no encontrará usted ninguna publicación sobre nuestra tierra que no dedique unas notas o un capítulo entero a glosar su figura. Y todas, sin excepción, en un tono laudatorio, casi hagiográfico, que lo incluyen con todo merecimiento en la nómina del por otro lado ya nutrido santoral laico, si se me permite la expresión.

Cuando llegué a Válor, mi primer destino, tenía ya algunas noticias del famoso escritor. Válor está cercano a Yegen, donde Gerald Brenan vivió un tiempo, y probablemente algunos vecinos tendrían familia en los dos pueblos: se me presentaba la oportunidad de conseguir datos inéditos de su vida. A los veintidós años se mantienen intactas las ganas y la ilusión de aprender. La verdad es que obtuve un testimonio directo y valiosísimo, que conservo como su fuera de ayer, gracias a la dueña de la pensión donde residí aquel año. Adoración era menuda y ágil, siempre ocupada en las mil tareas de una casa. Atendía diligentemente a su esposo, a sus dos hijos y a unos jóvenes maestros, además de otros parroquianos que acudían ocasionalmente. De sus riquísimos guisos conservo en la memoria y en el paladar unas tortillas de espárragos trigueros que sus hijos recolectaban en los feraces bancales de la vega de Válor. Su amable trato, agradable aspecto e interesante conversación eran otros tantos alicientes de aquella buena mujer. Siempre se ha dicho que "como en la casa de uno, en ningún sitio se está mejor"; pero esta vez no era cierto, y eso que yo traía el listón muy alto. Por supuesto, no me ocurrió como a aquel que preguntó a la dueña del hostal que si tenía habitación libre. "Si, sí, pase usted, que aquí se ve a encontrar como en su casa". La respuesta fue fulminante: "¿Como en mi casa ha dicho usted? Ahora mismo me voy" Y bajó las escaleras de dos en dos. Mi patrona conocía muy bien Yegén y hasta creo que vivió y tenía familiares en este agraciado pueblo; así que le dije: "Entonces habrá oído hablar, o incluso conocerlo de niña, aGerald Brenan. Era un inglés que se vino a Yegen y estuvo allí en los años 20 y 30. ¿Se acuerda usted? Y me contestó sin vacilar:
¡Pues claro que me acuerdo! Usted se refiere al señorito Gerardo. No me hable, no me hable. Menudo… No le digo más que perdió a una pobre muchacha; dieciséis años tenía la criatura, y luego… Ciertamente, muy despistado debía de estar aquel señor para perder una adolescente en un pueblo tan pequeño donde todos se conocen. La encontró a los nueve meses con una preciosa niña, rubia como su padre; pero ya no le interesaba el hallazgo. Luego, a instancias de sus amigos y legítima esposa americana, le arrancó de sus brazos a la niña convenciéndola de que era lo mejor para las dos. La niña cambió de ambiente, de nombre… y no vio más a su madre. Aquella pobre madre vivió siempre con ese desgarro e intentó obsesionadamente ver a su hija, o creyó que era ella, en otras ocasiones, antes de morir ciega. Pero esta es una larga historia que leí posteriormente. No conseguí enterarme de la opinión de la amiga feminista del escritor, la famosísima Virginia Woolf.

La conversación se prolongó un tanto, Adoración era una mujer muy prudente y educada. Sobre lo que me contó tampoco hay por qué airearlo, para eso están los libros. Algunos escritos recogen el tratamiento de "Don Geraldo", con "l", pero no he leído ninguno con el de "señorito", apelativo que me parece muy certero y expresivo, y que mis posteriores lecturas no hicieron sino confirmarlo. Aquí se cumplió el dicho evangélico "porque habiendo escondido estas cosas a los sabios y prudentes, las revelaste a los pequeños" (Mateo, 11-25). El sentido del termino "señorito" no tiene por que ser necesariamente ni siempre peyorativo. Todos hemos conocido señoritos que eran excelentes personas y otros que no lo son tanto. Se cuenta que cuando el jovencísimo Federico García Lorca fue a Madrid a matricularse en la selecta Institución Libre de Enseñanza, tuvo que dar sus datos personales. Tras pedirle el nombre y apellidos del padre, continúo el funcionario de la Secretaría.

¿Profesión de su padre? El joven no pareció entender e inquirió a su vez.
-¿Profesión?
-"Sí, sí, la profesión. ¿En qué trabaja su padre?- precisó el secretario. Ahora sí entendió la pregunta el avispado alumno Y aclaró con toda naturalidad:
-No, mi padre no trabaja. Mi padre es señorito.
La anécdota bien pudiera ser cierta o falsa, lo que interesa en estos casos es su valor ilustrativo. Gerald Brenan, o sea, el señorito Gerardo, un distinguido oficial del ejército inglés, llegó al puerto de la Coruña en septiembre de 1919. Tras su baja en el ejército y no gustándole el cerrado ambiente de su patria (en todas partes cuecen habas) decidió vivir una temporada en España. No hizo sino seguir una costumbre de viajeros ingleses que, al menos desde el siglo XVIII, venían a nuestra patria y algunos se convirtieron un consumados "hispanistas".
Sus primeras impresiones fueron "descorazonadoras", con adjetivos rayanos en el desprecio de ciudades y gentes; la Alhambra le pareció "vulgarmente presuntuosa y enlodada"; donde esperaba encontrar "hombres envueltos en largas capas, con la daga al cinto, y mujeres en pinturas goyescas luciendo mantillas y peinetas" vio "una raza sombría y paticorta". Traía los tópicos y prejuicios con que suelen venir muchos a España y se consideran, cómo no, superiores. Algunos, animados por las mejores intenciones, intentan redimirnos de nuestro secular atraso y otras arraigadas rémoras. España ha sido siempre pródiga en gentes dispuestas a salvarla, a modernizarla definitivamente. Con tanto salvador, no es que quede salvada, es que queda salvadísima. Unos imponen su adecuada solución y otros hacen tabla rasa con medidas radicales. Y por si no bastara, usando la terminología acuñada por Miguel de Unamuno, de fuera vienen los hunos a ayudar a los unos, y los hotros a apoyar a los otros. No faltan casos en que los unos se pasan al bando de los otros y viceversa, y los hotros juegan a convencer a los unos, o los hunos a los otros, y todo complicado con disensiones y rivalidades dentro de los unos y los otros, azuzados por los hunos y los hotros… ¿Me explico?

¡Qué se va explicar, hombre, qué se va ha explicar! Con ese galimatías de los hunos y de los hotros, de los de dentro y los de fuera…

Pues mire usted lo que son las cosas, precisamente Gerald Brenan, o sea, el señorito Gerardo, realizó un meritorio esfuerzo para desentrañar este lío y publicó un libro en el mítico Ruedo Ibérico con el significativo título de "El laberinto español" donde trata de explicar la convulsa situación de la España de los años 30. No sé si tener tanta gente de fuera dispuestos a ayudarnos es una suerte o una desgracia, aunque algunos "se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie había dado vela en nuestro propio entierro" en expresión tremendista de Camilo José Cela. En todo caso ha sido una constante histórica, nuestro Federico García Lorca, en su Romancero Gitano, lo expresó de forma bella, concisa y hasta premonitoria: "Señores guardias civiles/ aquí pasó lo de siempre, / han muerto cuatro romanos/ y cinco cartagineses". Otro granadino, el españolísimo y atormentado Ángel Ganivet, dijo algo así como que el español vive en continua e interior guerra civil, pero no me haga mucho caso que cito de oídas.

¡Qué barbaridad! Y ese tío con nombre de instituto, ¿quién era?

Un señor digno de leerse; pero mejor lo dejamos para otra ocasión, pues con tanta cita pierdo el hilo.

Fuente de la información: "Revista de la Casa de Cádiar, Yátor y Narila", articulo publicado por Francisco Alcázar.